merece la pena resaltar otra de las peculiaridades de este concepto.
‘Código’, siendo por definición “una
relación entre dos sistemas lingüísticos,”
es una contingencia que emerge en una instancia de mediación;
un ‘código’ no es nada en sí mismo sino
la afirmación de una correlación entre dos o más
dominios de significado distintos (Kay, 2005, p. 46)[14].
Un código es, en otras palabras, una función –
un evento dinámico que sólo existe como proceso de conexión
activa. Valga enfatizar que sin la posibilidad de esta conexión,
de una mediación entre los dominios previamente dispares, no
existe, por definición, código alguno.
Como función, luego, un código existe en tanto se ‘performa’,
es decir, mientras se instancia, una y otra vez, como mediador y afirmación
de una relación de interdependencia; es, en el sentido más
biológico posible, un fenómeno emergente, no explicable
con el solo recurso de los elementos discretos que lo componen. De
la misma forma, no se puede decir que los rebeldes de la Matriz habitan
uno u otro mundo, sino que son producto activo – como cuerpos,
pero aún más importante, como agentes y sujetos –
del tráfico con-fuso entre ambos. Es justamente este tráfico,
más allá que cualquier posible precondición sustantiva,
lo que los realiza como sujetos. No es pura casualidad que nos topemos
nuevamente con los principios básicos de la vida orgánica
en la biología moderna. Lo que distingue a los organismos de
entidades no orgánicas es, precisamente, la peculiaridad de
su funcionamiento. En particular, su realización como organismos,
según enfatizada por el pensamiento evolutivo y en la ecología,
se produce en la mediación entre esa dimensión ‘virtual’
de un pre-contenido genético y los aspectos estructurales y
materiales del ambiente que condicionan, modifican, e incluso trascienden
su expresión. Es el constante y cambiante tráfico entre
ambos lo que produce la singular contingencia física, fisiológica,
funcional y evolutiva, de un organismo específico en circunstancias
de tiempo y espacio particulares. Tampoco parece ser casualidad que,
describiendo este espacio de mediación como un espacio de emergencia,
definiendo ‘código’, hayamos definido, también,
lo que es una metáfora. Sin la necesidad de lanzarnos a un
ciclo autorreflexivo, ni suponer ‘código’ como
meta-metáfora, me limito a señalar su común naturaleza
con-fusa y realizadora y sugerir que pudiera haber algo que aprender
de metáforas en el estudio de códigos y, de otra forma,
de los códigos en el estudio de las metáforas.
Podría decirse que nuestra peculiar cualidad como sujetos post-