máquinas o mecanismos artificiales autónomos. Este
giro epistémico encuentra sus raíces metafóricas,
nuevamente, en un contexto histórico particular donde los desarrollos
de la Revolución Industrial proveían a la naciente disciplina
de una creciente variedad de modelos tecnológicos, los cuales,
adoptados por la biología, así como, notablemente, por
vertientes de las ciencias sociales, se reafirmaron como modelos centrales
en el estudio y la comprensión de nuestros mundos tanto ‘naturales’
como sociales. Interesantemente, este giro metafórico aparece
como transición entre lo que Georges Canguilhem identifica
como la segunda y tercera discontinuidad en la concepción de
‘vida’, según se traza desde la antigüedad
hasta el presente: el entendimiento de la vida como ‘mecanismo’
y la vida como ‘organización’, aspecto que cobraría
cada vez más centralidad en la naciente disciplina de la biología
(citado por Kay, 2005, p. 67)[7].
Es aquí que Lily Kay fundamenta su profundo y cuidadoso análisis
de la metáfora del ‘código’ genético:
estos giros metafóricos no son meramente incidentales en el
desarrollo del pensamiento científico, sino que son esencialmente
constitutivos del mismo y de sus objetos de estudio. Ello como consecuencia
de lo que es enfáticamente reiterado por los cognitivistas,
recordándonos que cada metáfora es tan potencialmente
creativa como restrictiva en sí misma. Cada asociación
analógica tiene sus posibilidades de expansión conceptual
así como límites y zonas que le son del todo inaccesibles.
Cada una impone sus visibilidades e invisibilidades respectivas. Es
en este sentido que se hace más evidentemente palpable la potencia
política de cada metáfora. Cada metáfora particular,
en la proyección de una perspectiva específica, condiciona
lo que podemos apreciar, entender y, en última instancia, los
cursos de acción posibles. Esta carga política no es
fundamentalmente adjudicada por quien la articula, sino que es una
propiedad intrínseca de la construcción metafórica
misma en virtud de su especificidad. Ello no implica, sin embargo,
la pasividad política de quienes las emplean. Muy al contrario,
es la conciencia misma de esta capacidad simultáneamente generadora
y limitante de las metáforas (conocida y aplicada quizás
nunca más minuciosamente que por la retórica) lo que
lleva a favorecer a unas y desfavorecer otras en su arraigo cultural
y, eventualmente, disciplinario. Las disciplinas científicas
no son las últimas en estar