un arte carnal en vivo destinado a transformar
su cara en un collage de rasgos célebres. Las manos de los
cirujanos son guiadas por un “canon fácil” compuesto
por detalles digitalizados de cuadros famosos. Esta cara compuesta
tiene la cara de Gioconda, los ojos de la Psique de Gérome,
la nariz de una Diana de la escuela de Fontainebleau, la boca de
la Europa de Boucher y la barbilla de la Venus de Botticelli. Cada
operación constituye un performance: la paciente, el cirujano
y las enfermeras llevan trajes de alta costura, diseñados
en algún caso por Paco Rabbane... (Página 265).
Notemos cómo Orlan encarna la radicalización del performance
del cuerpo, sobre el cuerpo y con el cuerpo. Dery utiliza este ejemplo
que tiene más bien efectos de hiperbolizar el debate en un
intento de mostrar los límites “perversos” de dicha
práctica.
Por otro lado, Dery (1998) cita al Wolf nuevamente cuando afirma que
seguimos creyendo que la cirugía estética tiene unos
límites naturales, los de la mujer “perfecta” aunque
“humana”.
La autora intenta desmentir esto cuando sostiene que dicho ideal nunca
ha sido tomado del cuerpo de las mujeres. Insiste en que se ha abandonado
por completo el cuerpo femenino para metamorfosear sus clones en el
espacio. Por cuanto dicho ideal se ha vuelto completamente inhumano.
Pretende ilustrar su argumento cuando sostiene que “cincuenta
millones de americanos vieron el concurso Miss América por
televisión, en 1989 cinco de las candidatas habían sido
reconstruidas por un único cirujano de Arkansas. Las mujeres
se comparan, y los hombres las comparan, con una nueva raza de no-
mujeres híbridas” (Página 266).
Una vez más parecería que se está reclamando
una esencialidad de ser mujer, algo “natural” que nos
hace mujeres, por lo cual
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