Tal vez sea justamente de lo inesperado
de lo que estoy hablando. De los efectos de ciertas prácticas
que no pueden advertirse apriorísticamente y que, a pesar de
los reclamos de su inserción en la lógica del consumo,
de lo lúdico, tiene como consecuencia una radicalización,
una transmutación de las nociones de mujer que compartimos.
Articulación más materializada del cuerpo como construcción,
como ficción, como artificio erradicado para siempre del paraíso
de lo natural.
Parecería que estas rearticulaciones tienden a impedir los
reclamos feministas de aquello que configura el “género
femenino”. Género dotado de unas cualidades que deberían
distinguir a las mujeres, cualidades que apuntan hacia la identidad
femenina, que a su vez justifica un esfuerzo teórico coherente
que pueda competir en el escenario correspondiente, es decir, política/
teóricamente correcto. Esto ocurre en la medida en que se radicaliza,
o se desborda la propia categoría, donde el cuerpo de las mujeres
preserva pero pierde simultáneamente las características
que le han distinguido. Las mujeres transformando su cuerpo, su historia,
su genealogía, prótesis, hibridez...
A pesar de las advertencias sobre el particular conviene, insisto,
una mirada que desde esa propia lógica, tenga efectos de subversión.
Tal vez, como argumenta Baudrillard (2000: 21), en un argumento más
bien pesimista “, lo que hoy se busca con respecto al cuerpo
ya no es tanto la salud [12],
que es un estado de equilibrio orgánico, sino la forma,que
es una expansión efímera, higiénica y publicitaria
del cuerpo- mucho más un performance que un estado ideal”.
Me pregunto en qué medida estos cuerpos-performances, cuerpos-híbridos,
cuerpos-prótesis transgreden las condiciones de género
que nos han sido impuestas.
¿Qué nos dicen estos híbridos, prótesis
de uñas, pelos, pechos, cuerpo tatuado, cuerpo agujereado,
sobre el cuerpo natural, como templo, sobre el cuerpo que debía
ser protegido de lo extraño, de
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